

Hay momentos en los que el poder deja de disimular. En Misiones, ese momento parece haberse instalado hace rato.
El escándalo por la exclusión de 16.000 policías del padrón fue solo el comienzo. Ahora, un sacerdote que se animó a mencionar esa injusticia en su sermón fue “castigado” y enviado a cumplir tareas en una cárcel. ¿El delito? Opinar.
Después, como si hiciera falta más cinismo, aparece un fiscal, ahora elevado a la categoría de héroe, anunciando que sí, los policías podrán votar. Pero el daño ya estaba hecho. Se embarró el proceso, se condicionaron voluntades, se sembró miedo.
Y mientras tanto, es la gente la que termina siendo rehén de verdaderos impresentables: acomodados, pagos, operadores de ocasión. Personajes funcionales al poder, que arman denuncias sin sustento solo para embarrar, distraer y condicionar. No buscan justicia, buscan obediencia.
¿Hasta cuándo Misiones va a tolerar este modelo que se sostiene a base de manipulación, medios pagos y miedo?
Lo único que pedimos es que la gente vaya a votar. Que se exprese. Que nadie decida por ellos.
Porque si hay algo que le teme el poder renovador, no es a un candidato. Es al pueblo pensando por sí solo.


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